El precandidato a la Presidencia de la República, José Antonio Meade Kuribreña, visitó Tamaulipas; un evento masivo donde el mostrar músculo evoca tiempos mejores, la época del unipartidismo, el dedazo, y cuando ser candidato equivale a ser el siguiente presidente.

Meade aterrizó a las 08:10 horas; fue recibido por el grupo Victoria, Edgar Melhem, Alejandro Guevara Cobos, Monserrat Arcos, y aprovechando el momento, el senador ocultista, Manuel Cavazos Lerma.

Desde muy temprano, los encargados de logística fueron tomando sus posiciones. Fue el Paradise Inn Hotel, donde Meade Kuribreña sostendría el primer encuentro con la clase empresarial; casi todos, personas cercanas o en amistad con el ex Gobernador, Egidio Torre Cantú.

Ahí, prácticamente bloqueado su paso por los medios locales, luego de dar entrevistas a medios nacionales, se deslindó de Eugenio Hernández Flores, y Tomás Yarrington Ruvalcava.

“Están enfrentando un proceso, deslindándose responsabilidades, y me parece que hay que ser respetuosos de ese proceso de deslinde de responsabilidad” Mientras esto ocurría, los accesos, blindados, restringían el paso a la de por sí elitista Universidad La Salle, conforme avanzaba la mañana.

Aquí, desde las 10:00 horas, empezaron a llegar los contingentes; los locales a bordo de vetustos microbuses de modelos noventeros, pertenecientes a grupos de poder del Sindicato Unido de Trabajadores al Servicio de los Poderes del Estado de Tamaulipas, el SUTSPET, liderado por Blanca Valles.

Llegan casi al mismo tiempo que los autobuses de línea pertenecientes a Transpaís, poderosa empresa casi monolítica y monopólica que campea a sus anchas en las inseguras carreteras tamaulipecas.

En su interior, acarreados procedentes de diversos rincones del Estado. Presurosos, tanto locales como foráneos, bajan de los dispares medios de transporte e ingresan en silencio al recinto.

No, no hay vivas, no hay porras estridentes.

Es evidente que Meade no es Peña Nieto.

La mañana avanza y los contingentes siguen sin desayunar.

Siguen esperando al Ungido. José Antonio Meade llega trompicado al evento.

Flanqueado de manera perenne por el presidente del CDE, pocas las muestras de cariño, obligados los abrazos; pagos o compromisos de un poco nutritivo sándwich de jamón barato, y un refresco gaseoso de escasos 200 militros, pero el evento sigue.

Meade toma el micrófono, sus dotes como orador, anestésicos; provocan el análisis de la audiencia, los bostezos, contagiosos, dominan la grada.

“En México hay más gente buena que mala, hay mucha gente más que se levanta pensando cómo hacer el bien, que pensando cómo lastimar.

Que quede claro que en Tamaulipas somos más los buenos, somos más los que queremos ayudar, somos más los que pedimos seguridad” También tocó la inseguridad “Tamaulipas ha sido golpeado por una crisis de inseguridad.

Son muchas las mujeres que no salen tranquilas de sus casas, son muchas las madres que se preocupan por saber si sus hijos regresarán con bien, son muchos los jóvenes que se preocupan, cuando van a la universidad, de qué entorno van a encontrar en su transporte público y en sus instalaciones”

El evento sigue, solo adelante se registra una euforia planeada.

La desmañanada y el somnífero mensaje evocan a cada segundo a Morfeo, ahuyentado únicamente por dos o tres tandas de aplausos, motivadas de manera artificial por algunos animadores.

El evento finaliza. Meade encuentra hábilmente la salida; ya no hay prensa a quien enfrentar.

Lo hecho, hecho está.