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Sinaloa, atrapada en la espiral de la narcoguerra: violencia, impunidad y un Estado ausente

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A diez meses del inicio de una nueva fase de la guerra interna dentro del Cártel de Sinaloa (CS), la entidad enfrenta una de las crisis de seguridad más graves de su historia reciente. La disputa entre las facciones de Los Chapitos —herederos del imperio de Joaquín «El Chapo» Guzmán— y Los Mayitos, leales a Ismael «El Mayo» Zambada, ha dejado una estela de violencia que ni el reforzamiento federal, ni los operativos militares, ni la retórica institucional han logrado contener.

Las cifras no dejan lugar a dudas: mil 681 homicidios dolosos, mil 707 secuestros y casi seis mil vehículos robados en menos de un año. Solo en junio, Sinaloa concentró el 10.5% de todos los asesinatos cometidos en el país, liderando el ranking nacional por encima de estados históricamente violentos como Guanajuato y Baja California.

La respuesta del Gobierno federal, encabezado por el secretario de Seguridad Pública, Omar García Harfuch, ha incluido el despliegue de 1,600 elementos de fuerzas federales, la detención de 1,400 presuntos delincuentes, el aseguramiento de más de 2,500 armas, la incautación de casi 59 toneladas de droga y el desmantelamiento de 87 laboratorios clandestinos, muchos de ellos dedicados a la producción de fentanilo. Sin embargo, la percepción social es de estancamiento, frustración e impunidad.

Un Estado colapsado ante el crimen organizado

La narrativa oficial se contrapone con una realidad que vive y denuncia la población: balaceras a plena luz del día, desplazamientos forzados, saqueo de bienes, incendios provocados y colusión institucional. Para muchos analistas, la situación refleja un Estado en crisis funcional, donde el poder público ha sido rebasado —o cooptado— por los intereses criminales.

El analista Javier Oliva Posada, especialista en temas de seguridad nacional, advirtió que la reciente negociación de culpabilidad de Ovidio Guzmán con el Gobierno de Estados Unidos puede agudizar el conflicto interno del CS. “Se interpreta como una traición al cártel, y eso podría escalar la violencia entre las facciones”, señaló en entrevista.

A su vez, David Saucedo, consultor en seguridad, alertó sobre la posibilidad de que un brazo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) esté colaborando con Los Mayitos, lo cual modificaría el equilibrio interno del crimen organizado en el Pacífico y llevaría la confrontación a una nueva dimensión de alianzas e inestabilidad.

La sombra de la impunidad política

Uno de los factores más polémicos es la figura del gobernador Rubén Rocha Moya, señalado desde diversos sectores por su inacción y presunta cercanía con actores del crimen organizado. A esto se suma la grave acusación del analista Oliva Posada, quien recordó que el mandatario ha sido implicado —mediáticamente— en el asesinato del exrector de la UAS, Héctor Melesio Cuén Ojeda, sin que hasta ahora haya esclarecimiento alguno.

En este contexto, la violencia no solo es estructural, sino simbólica: representa la normalización del control territorial por parte de grupos criminales, la erosión del estado de derecho y el fracaso del modelo de seguridad en su conjunto.

¿Y la sociedad?

Mientras tanto, la ciudadanía vive entre el miedo y la desesperanza. Las voces locales —incluidas las de periodistas como Óscar Balderas, especializados en cobertura del narcotráfico— han documentado con precisión los cambios de control en zonas rurales y urbanas, la expansión de narcolaboratorios, y la forma en que el crimen se inserta ya no como fuerza paralela, sino como poder fáctico cotidiano.

La llamada “pacificación” prometida hace años ha sido sustituida por una guerra silenciosa, desmentida cada mañana desde Palacio Nacional, pero evidenciada en cada calle y carretera sinaloense.

Lo que ocurre en Sinaloa no es un episodio aislado. Es el síntoma de una nación que no ha logrado articular un modelo de seguridad funcional, ni romper los lazos entre poder político y poder criminal. Mientras no se desmonten las redes de protección e impunidad, la violencia no solo persistirá, sino que se profundizará, en un espiral cuyo desenlace, por ahora, sigue siendo incierto.

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