REYNOSA, Tamps.— La tierra volvió a hablar en Reynosa. Y lo hizo de la forma más brutal: con restos humanos dispersos, cráneos expuestos y la evidencia de que, en amplias zonas de esta ciudad fronteriza, la desaparición y la muerte clandestina siguen operando como parte de una maquinaria de horror que ni el paso del tiempo ni los discursos oficiales han logrado contener.
Integrantes del Colectivo Amor por los Desaparecidos localizaron este viernes un nuevo sitio de exterminio humano en un predio baldío de la colonia Puerta Sur, al sur de Reynosa, donde hallaron restos óseos que corresponderían, al menos, a siete personas, aunque la cifra podría elevarse hasta 14 conforme avance la revisión pericial del terreno.
El hallazgo no ocurrió a partir de un operativo oficial ni de una acción de inteligencia institucional. Ocurrió, una vez más, porque fueron las familias de personas desaparecidas quienes hicieron el trabajo que el Estado no ha podido —o no ha querido— hacer: buscar.
Edith González, presidenta del colectivo, informó que en la zona han sido localizados al menos siete cráneos, además de múltiples fragmentos óseos esparcidos en una superficie extensa, lo que impide, por ahora, determinar con precisión el número total de víctimas. La dispersión de los restos, dijo, da cuenta de la magnitud del sitio.
No se trata de una fosa aislada ni de un punto único de inhumación clandestina. De acuerdo con el colectivo, en el transcurso de esta misma semana han sido intervenidos al menos tres puntos distintos en ese sector de Reynosa, todos con evidencias compatibles con entierros ilegales y depósito de restos humanos.
El dato no es menor: habla de una geografía del exterminio, de una zona convertida en reserva de cuerpos y en archivo clandestino de la violencia.
La escena descrita por las buscadoras expone no solo la ferocidad criminal, sino también la precariedad institucional con la que se sigue enfrentando una crisis humanitaria que en Tamaulipas arrastra años. Al momento de ser localizados, los restos permanecían expuestos en el sitio, en espera de la intervención de las autoridades competentes.
Ante ello, Edith González hizo un llamado urgente a las autoridades estatales y federales para que envíen personal especializado en criminalística de campo, servicios periciales y antropología forense, capaz de procesar el área bajo protocolos técnicos y preservar la evidencia. También solicitó la intervención de un equipo multidisciplinario con sede en Ciudad Victoria para acelerar la recuperación de restos y su eventual identificación.
La exigencia no es menor. En contextos como éste, una actuación tardía, improvisada o deficiente no solo contamina escenas y compromete cadenas de custodia: también prolonga la incertidumbre de las familias y posterga, una vez más, la posibilidad de nombrar a los muertos.
En Reynosa, sin embargo, los hallazgos ya no irrumpen como excepción, sino como confirmación. Cada nuevo predio positivo, cada fragmento óseo recuperado, cada cráneo semienterrado, refuerza una realidad que las autoridades han sido incapaces de desmontar: la de un territorio donde la desaparición de personas no es un episodio del pasado, sino una herida abierta.
Lo que encontraron las madres buscadoras en Puerta Sur no es solo un conjunto de restos humanos. Es la prueba material de una ausencia doble: la de quienes fueron desaparecidos y la de un Estado que sigue llegando después, detrás de las palas, de los varillazos y del dolor organizado de las familias.
Porque en Tamaulipas, como en otras regiones del país, la verdad no suele emerger desde las fiscalías. Suele salir de la tierra.






