Washington, D.C.— A mediados de abril, el presidente Donald Trump anunció una ofensiva comercial sin precedentes: «90 acuerdos en 90 días». La Casa Blanca aseguraba que decenas de países estaban listos para ceder ante la presión estadounidense y evitar aranceles de hasta el 200%. El mensaje era claro: Estados Unidos redefiniría el comercio global en sus propios términos.
Pero el plazo expiró y la realidad resultó menos espectacular. A la fecha, sólo se han concretado dos acuerdos comerciales: uno con el Reino Unido y otro con Vietnam, mientras que el anunciado «marco de acuerdo» con China permanece indefinido, sin detalles, y con poco más que una declaración política vacía.
Esta narrativa, basada en amenazas, se ha convertido en el sello del modelo de Trump: presión, ultimátum, retroceso y extensión de plazos, una secuencia tan predecible que ya ha sido bautizada por analistas como TACO —»Trump Always Chickens Out» (Trump siempre se acobarda)—, un acrónimo irónico creado por el editor Robert Armstrong, del Financial Times.
La amenaza como estrategia diplomática
Trump ha buscado desmontar décadas de consenso multilateral en comercio internacional, sustituyendo los marcos colectivos —como la Ronda Uruguay o la OMC— por negociaciones bilaterales coercitivas. En palabras de su vocera, Karoline Leavitt, se trata de “crear planes comerciales a la medida para cada país del planeta”.
Sin embargo, el proceso ha sido más complejo de lo que la administración anticipó. “Negociar acuerdos comerciales toma meses, incluso años, y hacerlo simultáneamente con decenas de países es una tarea titánica”, explicó Chad Bown, exasesor económico de la Casa Blanca durante el gobierno de Barack Obama.
En efecto, Trump admitió recientemente —con sorna— que “hay más de 200 países”, y que es imposible abordarlos a todos. Pero el daño reputacional, diplomático y financiero de su estrategia de “todo o nada” ya ha impactado el sistema de comercio global.
Efectos colaterales: incertidumbre y fuga de inversiones
Los mercados no han sido inmunes. La imposición —y posterior retiro— de aranceles “recíprocos” anunciados para el 9 de abril, provocó una caída bursátil de cuatro días consecutivos a nivel global. Las empresas, tanto estadounidenses como extranjeras, han frenado decisiones de inversión, contratación y exportación, ante la imposibilidad de anticipar las reglas comerciales del juego.
“Es una repetición constante del mismo patrón. No logran los acuerdos que quieren, así que escalan la amenaza, pero luego retroceden”, afirma William Reinsch, asesor del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). La presión, dice, funciona parcialmente con países pequeños, pero es ineficaz con potencias económicas.
El acuerdo con Vietnam, por ejemplo, evidencia esa asimetría: mientras que los productos estadounidenses entrarán sin arancel al país asiático, las exportaciones vietnamitas enfrentarán un impuesto del 20% en EE. UU. El desequilibrio, según expertos, revela que la administración busca imponer condiciones más que negociar.
¿Una política comercial o un ejercicio de propaganda?
Lo cierto es que, a nueve meses de haber relanzado su ofensiva comercial, Trump no ha logrado consolidar una política estructurada. Lo que existe es una narrativa basada en fuerza y nacionalismo económico, pero sin un cuerpo técnico que garantice eficacia a largo plazo.
Para Reinsch, los países con mayor poder de negociación —como Japón, Canadá o la Unión Europea— han optado por aguantar. “Están apostando a que mientras más tiempo pase sin que Trump logre cerrar acuerdos reales, más desesperado se volverá… y bajará sus estándares”.
Es, dice, un juego de gallina global, donde ambas partes aceleran hasta el último segundo esperando que el otro se desvíe. Pero mientras tanto, el comercio internacional —y sus millones de empleos e inversiones— permanece en el limbo.






