A pesar de los discursos que prometen el surgimiento de un nuevo orden financiero internacional, especialistas coinciden en que los BRICS —el bloque integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, al que recientemente se sumaron otros países— carecen de las condiciones necesarias para convertirse en una alternativa real al dominio del dólar.
Paradójicamente, su principal obstáculo no es Estados Unidos, sino ellos mismos.

Para que el BRICS reemplace al dólar como moneda mundial, los países deben atraer el cúmulo de riqueza de occidente, que son los países más ricos del mundo, hacia su sistema monetario, y controlarlo; pero el principal problema es ganar la confianza de estos países para que lo hagan.

Un bloque grande, pero profundamente dividido

Los BRICS presumen tamaño económico y poblacional. Sin embargo, analistas advierten que no existe cohesión política ni institucional para sostener una moneda común o un sistema financiero integrado.

China e India mantienen tensiones fronterizas; Rusia enfrenta sanciones internacionales y una guerra con Ukrania, enemistándose por ello con Europa; Brasil se debate entre alinearse a Occidente o a Asia. “Un bloque con proyectos nacionales contradictorios difícilmente puede unificar una política monetaria”, señalan expertos en geoeconomía.

El talón de Aquiles: la confianza

Para que una moneda sea global, se necesita algo más que PIB o reservas en oro: se necesita confianza.
Y es aquí donde los BRICS se desploman. Los inversionistas globales siguen privilegiando mercados donde existen: seguridad jurídica, independencia de los tribunales, estabilidad institucional, reglas claras para la inversión.

Estados Unidos y Europa siguen concentrando el grueso de los flujos financieros internacionales. En cambio, países como China y Rusia enfrentan cuestionamientos por expropiaciones, opacidad y excesivo control estatal. “Sin confianza, no hay moneda internacional posible”, señalan analistas.

China se frena: la falta de capital extranjero pasa factura

El caso más emblemático es China. Tras décadas de crecimiento impulsado por capital occidental —como las inversiones de Apple y otras multinacionales—, el gigante asiático enfrenta hoy un freno severo: las empresas están retirando capital y buscando relocalizarse en otros países ante un entorno político cada vez más incierto.

La desaceleración económica china pone en duda que el país pueda fungir como motor de una nueva moneda global. “No basta con producir: se necesita ser el lugar donde el mundo quiera poner su dinero”, coinciden economistas.

Sin banco central común, no hay moneda común

Otro punto crítico es la falta de un banco central compartido, capaz de definir tasas de interés, controlar la emisión monetaria y actuar como prestamista de última instancia.
Los BRICS se han limitado a anunciar ideas: monedas digitales, divisas respaldadas en materias primas o canastas de monedas. Pero ninguna propuesta responde la pregunta clave: ¿quién controlaría esa moneda?

Sin una institución conjunta, cualquier proyecto es inviable.

El peso de Occidente en los mercados globales

A pesar de la narrativa de un mundo multipolar, las cifras son contundentes:
Más del 70% del capital mundial se mueve en Estados Unidos, Europa, Japón y Canadá.

Los mercados bursátiles más líquidos, los fondos de inversión más grandes y la mayor parte de la innovación tecnológica siguen estando en Occidente. Los BRICS, incluso ampliados, no tienen la capacidad de absorber esos flujos.

Conclusión: el BRICS es un proyecto geopolítico, no monetario

A más de una década de su conformación, el bloque parece haber alcanzado su límite estructural. La ausencia de instituciones comunes, la falta de confianza internacional y la dependencia de capital occidental impiden que los BRICS se consoliden como una alternativa seria al sistema dominado por el dólar.

Por ahora, el proyecto parece destinado a permanecer como un instrumento político, más que como el germen de un nuevo sistema financiero mundial.