La Habana, 07 de febrero de 2026.-Andy es un joven taxista habanero que, en las últimas semanas, ha adoptado una rutina agotadora pero eficaz para sobrevivir la escasez del combustible en Cuba.
Dedica un día a la semana a hacer cola de 12 a 15 horas (al principio eran 26) para comprar 40 litros de gasolina en las gasolineras estatales, que ahora venden el producto exclusivamente en dólares. Solo 40 litros: ni un litro más ni un litro menos, desde que las autoridades regularon la cantidad que cada usuario puede comprar a partir del fin de semana pasado.
Este jueves, mientras el taxista cumplía con su ya habitual diligencia, el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez apareció en televisión para una conferencia de prensa con medios estatales y la prensa extranjera. En medio de las tensiones con Washington, el presidente dejó claro que «Cuba está dispuesta a dialogar con Estados Unidos», admitiendo que el «estrangulamiento económico por parte de la primera potencia mundial» está afectando la ya grave situación de la isla.
Pidió a los cubanos «sacrificios» y «creatividad» para afrontar la crisis. Durante casi dos horas, intentó responder preguntas relacionadas con los acontecimientos de los últimos días. «Tanto hablar, solo para dejarnos con más preguntas que respuestas», comentó Andy, quien escuchaba la transmisión por la radio de su coche.
Quienes pudieron ver al presidente por televisión en La Habana tuvieron suerte, hasta cierto punto: tener una pantalla encendida significaba tener electricidad.
En el momento de su discurso, media ciudad, sin mencionar el resto de las provincias, sufría apagones. «Quien tenga electricidad, que nos diga de qué se trata», se leía en mensajes en grupos de WhatsApp entre amigos.
La gente esperaba con ansiedad cualquier anuncio, medida o solución a la grave situación de la isla, sacudida por una tormenta perfecta que combinaba crisis económica, deterioro de las condiciones de vida, creciente insalubridad en las calles, apagones persistentes y escasez de medicamentos, todo ello aderezado con la renovada agresividad del gobierno de Donald Trump tras el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela el 3 de enero.
“Vamos a tomar medidas que no serán permanentes, pero que, dependiendo de la disponibilidad de combustible, requerirán esfuerzo”, declaró Díaz-Canel, sin especificar cuáles serían, aunque insinuó que se revelarían en los próximos días. Fiel a su retórica habitual, volvió a pedir “sacrificio” a los cubanos en la isla y reiteró que “rendirse [a Estados Unidos] no es una opción”, aunque se mostró dispuesto a dialogar con la administración republicana “sin presiones”.
El mandatario reconoció que Cuba no recibe combustible desde diciembre pasado y dejó entrever la necesidad de reajustar el consumo interno, promover el ahorro energético y modificar la distribución de los productos de la canasta básica alimentaria, el ya mermado sistema estatal de alimentación para las familias cubanas.
Tras el discurso del presidente, la Universidad de La Habana anunció medidas de contingencia, incluyendo una drástica reducción de las clases presenciales y los eventos académicos.
«Esto se siente apocalíptico», dice una estudiante de psicología que espera graduarse en junio próximo y pide no ser identificada por temor a represalias. «Siento que este discurso es solo un amortiguador del golpe que se avecina», añade. No se siente reconfortada por el discurso oficial y percibe una creciente tensión en el ambiente. «Temo por mi seguridad, por mi futuro».
Abastecerse de alimentos enlatados
La confusión se extiende entre los cubanos, junto con una creciente frustración por la retórica anticuada de las autoridades. Muchos no soportaron ni media hora escuchar al presidente. «No sé qué plan tiene el gobierno cubano para este país ahora mismo.
Pero claramente, la prioridad no es la gente, no es la población», reflexiona una joven diseñadora que vive en el Vedado y ha comenzado a acaparar gradualmente comida enlatada, agua y carbón. «Porque esto va a empeorar», explica.
Ante un gobierno que habla de más sacrificios, ella, como otros cubanos, está tomando precauciones por si algunos productos desaparecen de las tiendas. «No sabemos qué va a pasar en marzo en este país», señala.
Lo que sí ocurrió este jueves en La Habana, como consecuencia directa de la escasez de combustible, fue la paralización de gran parte del sistema de transporte público urbano. Amelia vive al este de la capital, al otro lado del Túnel de La Habana, y cada día tiene que gastar al menos 1050 pesos cubanos (poco más de 2 dólares en el mercado informal) para ir y volver del trabajo, un trayecto de unos 10 kilómetros.
El principal reto de su vida diaria durante los últimos tres años, dice, además de conseguir comida, es el transporte. «Mi salario —unos 5000 pesos [unos 11 dólares] al mes— no me alcanza para esto, y las tarifas siguen subiendo. Nadie puede permitírselo», afirma.
Todo indica que los precios seguirán subiendo, al menos en el transporte. La rentabilidad de los taxistas se vuelve insostenible cuando la gasolina se compra mayoritariamente en dólares, a lo que se suma la dificultad de encontrarla sin recurrir al mercado negro, donde un litro puede costar alrededor de 1000 pesos, el doble que en una gasolinera estatal.
Hoy en día, ese es el único tema de conversación entre choferes y taxistas en La Habana. Cada vez que uno se sube a un coche, sin siquiera preguntar, se convierte en una conversación sobre quejas y demandas.
Uno de los conductores de La Nave —una especie de Uber cubano— dice, mientras conduce su Chevrolet rosa, que lleva tres días haciendo fila en una gasolinera de Miramar, donde aún no ha llegado el diésel que necesita. «Si no lo consigo en dos o tres días, voy a tener que aparcar la bestia», dice sobre el vehículo del que depende su sustento.
No parece probable que la situación mejore pronto para los cubanos. La Habana, que sufre apagones de entre 12 y 14 horas diarias, es de hecho una de las zonas más favorecidas del país. En el este, por ejemplo, tras el corte del suministro eléctrico nacional la madrugada del jueves, varias provincias quedaron a oscuras durante horas.
Allí, lo habitual en las últimas semanas ha sido tener apenas tres horas de electricidad por la mañana y otras tres por la tarde, comenta una joven santiaguera residente en el centro de la ciudad.
Ante esta realidad, pocos creen en una mejora a corto plazo. En La Habana, un joven que habló con este periódico pasó 24 horas seguidas, sin electricidad, entre su casa y su trabajo. Siguió el discurso de Díaz-Canel a través de mensajes enviados por un amigo. Su conclusión es mordaz: lo que dijo el líder no es más que una recopilación de las narrativas que el gobierno cubano ha usado durante décadas para perpetuarse en el poder.«Para decir lo mismo que se ha estado diciendo durante tantos años», piensa, «es mejor no decir nada».





